NOVELA

Los Rasos de Belagaña

  • 02/01/2019

Novela Rasos Belagaña Carlos Las Heras Rodríguez editorial Semuret

Los Rasos de Belagaña

Autor: Carlos Las Heras Rodríguez
Páginas: 127
Lengua: Español
Editorial: Editorial Semuret, S.L
Año edición: 2018
Plaza de edición: Zamora
ISBN: 978-84-944047-6-4
P.V.P.: 12,00€ — Agotado


Prólogo

Creo sinceramente que Carlos no hubiera querido que se publicara este libro. Menos aún sin revisión alguna. Y este sentimiento no ha dejado de estar presente desde el momento en que, hace meses, Chon me pidió que escribiera un pequeño prólogo, tarea que he ido aplazando sin darle explicación alguna. Ello, ha sido debido en parte-sólo en parte-por ese convencimiento. Además, el encargo me resultaba excesivo.

Además , la relectura de la novela me ha confirmado la bondad de su publicación, y más todavía acompañada de las pinturas y grabados de su padre. En realidad no sé bien qué acompaña a qué, puesto que imagen y texto son complementarios. Creo de verdad que ambas obras merecen ser conocidas. De forma íntima, humilde, si se quiere, pero que permita de algún modo su difusión. Y también como regalo y recuerdo para todos nosotros: Chon y Alison, en primer lugar, su familia y sus amigos.

La cita que abre la novela no puede ser más certera. Concentra en pocas líneas una de las facetas esenciales de Carlos: el asombro, el abismamiento, en palabras de San Agustín, ante la naturaleza. Una naturaleza profunda, misteriosa, pero que de alguna forma nos conecta a través de extraños hilos a algo común, esencialmente humano, conocido por el hombre desde el inicio y que trasciende el tiempo, aunque quizá ya irremediablemente perdido y que sólo pueden intuir seres excepcionales.

Y Carlos era uno de ellos.

La naturaleza está presente en casi todas las entradas de ese diario escrito por un narrador cuyo nombre no sabemos. La lluvia, la niebla, el mar, el monte y el campo en soledad, los animales y el río, ese río que pretende recorrer desde su nacimiento con sus amigos pintores para ver si logran captar algo del espíritu de sus lugares más secretos. Pintores aficionados -igual que el narrador con la escritura- pero, a pesar de ello, capaces, sin saberlo siquiera, de atrapar en ocasiones, fugazmente, el misterio que tales lugares custodian.

También ese pequeño mapa sentimental entre Fuenterrabía y
San Juan de Luz, el estuario del río, la playa de Hendaya bajo la lluvia con las Erretas al fondo, resguardado por Jaizkibel (lugar especialísimo para Carlos) y Peñas de Haya, y que encuentra su reflejo en la pintura y los grabados de Carlos padre, no pudiendo encontrarse mejor compañero para la novela.

Territorio bien conocido por Carlos, denostado y amado a la vez, que sabía ver en él algo que los demás, ni intuimos, con la presencia liberadora de Francia, no sólo física, sino también moral, plasmada en alguna referencia literaria, musical o cinematográfica, o au televisión, en un tiempo, que parece tan remoto, en que nada estaba al alcance de un simple clic. Pero ello no debe confundirnos: la escritura de Carlos es todo menos “local”. Es sólo el marco en que transcurre la vida aparentemente plana del anciano protagonista, que va plasmando en su diario sus manías y obsesiones, también sus miedos, pero todo trufado siempre por el humor. El humor. La ironía y el humor -a veces el más gamberro-, algo esencial en Carlos, están también presentes continuamente en la novela.

Y la Mujer. No sólo Camino, la hija del narrador y su preferida, opuesta a la inanidad masculina representada por sus hermanos. También las sutiles referencias a la esposa fallecida, a su nuera, e incluso a la nieta recién nacida. Sin olvidar la fugaz aparición de Juncal que, a pesar de ello, se advierte esencial en la vida del protagonista.

También la amistad, cuya importancia se manifiesta en las simples referencias a Arnedo.

Todo lo escribió con poco más de veinte años. De ahí también las carencias del relato, que las hay, pero no señalaré por ser el autor plenamente consciente de ellas y su más feroz crítico. Sorprende, por ello, su capacidad de entender el ocaso de un anciano. Quizá ya entonces Carlos intuía que la vida es una derrota. Tenía algo que puede ser virtud o defecto, su total su incapacidad de no ver a través de la superficie de las cosas, como se dice en un momento, incluso las aparente y engañosamente pequeñas o sin importancia. Unido a so profunda inteligencia y erudición, le llevaban a intuir o percibir sensaciones o, como también se dice, sensaciones de sensaciones, que nos conectan con lo que otros ya sintieron hace mucho, mucho tiempo.

Espero que haya encontrado por fin sus Rasos de Belagaña, y perciba desde allí los destellos que nos acercan a esa Verdad que no existe.»

_Javier

Acerca del autor

Carlos Las Heras Rodríguez nace en Irún (Guipúzcoa) el 4 de octubre de 1962. Tras cursar sus primeros estudios en Irún y Fuenterrabía, a los 18 años de edad se traslada a Barcelona, donde estudiaría Filología Hispánica y Literatura en la Universidad Bella Terra. Fueron sus profesores, entre otros, D.José Manuel Blecua y D.Francisco Rico.

Al finalizar la licenciatura, regresa a Irún y, durante dos años, ejerce como profesor en el Colegio alemán de San Sebastián. A continuación se traslada a Londres, donde realiza diversos cursos de perfeccionamiento de la lengua inglesa. Más tarde, vivió unos años en París. Tras su estancia en la capital francesa, vuelve a Londres y obtiene el título de traductor por la Universidad de Oxford.

Con perfecto conocimiento de las lenguas inglesa y francesa, gran lector y amante de la literatura y la escritura, se dedica ala traducción, primero en Londres y luego en Edimburgo, lugar donde reside hasta su fallecimiento en accidente de montaña en el norte de Escocia, el 10 de noviembre de 2013.